
Esto de que viene el 8 de marzo me ha hecho pensar en muchas cosas, a decir verdad ésta historia del libro Mujeres Maravillosas de Guadalupe Loaeza es la que me ha hecho pensar en “esas cosas”. Así que comparto con ustedes algunos fragmentos, ojalá tengan la oportunidad de comprar el libro y leerlo completo, vale la pena.
Yvonne era una mujer cuya personalidad consistía en no tener nada que la
distinguiera particularmente. Era callada, discreta, tímida y odiaba llamar la
atención. No era ni bonita ni fea, ni alta ni chaparrita, ni gorda ni flaca; era
como millones de francesas de clase media que a las 11:30 a.m. corren a la
panadería a comprar su baguette. Para Yvonne lo más importante en la vida
era el bienestar de su marido: cuidaba de él con sumo esmero; no le gustaba
contradecirlo; no le hacía preguntas; y sentía por él una profunda admiración.
Frente a los demás, siempre se “ustedearon”.
[...]
Al terminar de merendar, su esposo se ponía frente a una mesa para jugar sus
acostumbrados “solitarios”. Tanto marido como mujer se comunicaban a través
del silencio. No necesitaban hablar, les bastaba saberse uno al lado del otro.
A partir de diciembre de 1958, la vida de Yvonne y Charles cambió
radicalmente. Con los años, él se había convertido en uno de los hombres más
importantes de Francia. Sin embargo, Yvonne continuó con el mismo estilo de
vida: discreto y riguroso. Esto lo lograba a pesar de compromisos, viajes
oficiales y responsabilidades de suma importancia. Por las noches, siempre que
podía, se sentaba bajo una lámpara de pie y tejía decenas de chambritas, ya
no para sus hijos, sino para los niños pobres de Colombey-Deux-Eglises. Pero
¿en qué tanto pensaba Yvonne mientras tejía derecho, revés, derecho, revés,
con la rapidez con la que acostumbraba? La semana entrante se cumplirán
doce años de la muerte de mi hija Anne. Pobrecita, siempre fue como un
angelito. Pero ahora, gracias a ella, Charles me prometió que muy pronto se
fundará una clínica para niños que también vienen al mundo tan indefensos
como los angelitos. ¡Su padre la quería tanto! Le tenía tanta ternura. ¿A qué
hora llegará Charles? El pobre tiene tantas pretensiones.
[...]
Ahora recuerdo lo que me dijo aquella gitana cuando tenía dieciséis años:
“Usted será casi una reina”. Yo que siempre, siempre he detestado los lujos,
que mi sueño dorado era tener dos vestidos de percal, uno puesto y el otro en
la lavandería. El poder no me interesa; a mí lo que me gusta es tejer, cocinar y
ocuparme de mi jardín. No se me esconde que, por estos intereses, muchos
franceses se burlan de mí. “La pauvre Tante Yvonne”, sé que llaman. Pero me
tiene sin cuidado que me critiquen porque sigo haciendo mis cuentas de casa
todas las noches en mi libreta, porque algunas veces voy a hacer compras a la
samaritaine. Ésa soy yo, y ésa es a la que quiere Charles. Él mismo lo ha
afirmado: mi amante es Francis, pero siempre estaré enamorado de Yvonne.
Sí, ya sé que a todo el mundo le parezco demasiado insignificante y borrada.
Pero lo que nadie sabe es que en mí esa actitud es una filosofía que siempre
querré respetar.
[...]
También a mi madre le reprochaban su estilo demasiado discreto. Sin embargo,
me acuerdo con cuánto orgullo me platicaba que había sido la sexta mujer en
Francia que había obtenido su licencia para conducir.
[...]
Bien decía Sacha Guitry, que no hay nada que dé más envidia a los demás que
ver la armonía y el profundo entendimiento entre una pareja. ¿Cómo dejar de lavar los
calcetines de mi marido, si para mí ése es un acto de amor? Pero estas cosas
hoy en día nadie las entiende. Sin duda, yo les parezco a muchas mujeres une
femme demodé. Pero así me quiere el general. ¡C’est la vie! Lo que no me
explico es por qué no llega aún. Seguramente, se quedó conversando con
Malraux algún asunto importante. Voy a la cocina para revisar su sopa de
verduras. A él no le gusta cuando está demasiado espesa. Nada más termino
esta vuelta y corro para revisar la cena de Charles… Revés, derecho, revés,
derecho…
Un día le preguntaron a Charles de Gaulle quién era exactamente De
Gaulle, a lo que contestó:” ¿Que quién soy…? Pues usted mejor que nadie
sabe, soy el marido de madame De Gaulle”.





David Heinemeier Hansson















